Familia

La familia, el reflejo de Dios, por Ramón Ubillos. 

Vivimos en una época en la que la familia está siendo especialmente atacada, de tal manera que se está fraguando la destitución de ésta como base de la sociedad en beneficio de otras formas de organización. 
Desde la perspectiva divina la familia se produce como una manifestación de la propia naturaleza que Dios, en su acto creacional, trasmitió al elemento culminante de la misma, el ser humano. 
Dios se manifiesta inequívocamente plural, en su relación personal (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y trasmite al hombre esa misma expresión de vida en estrecha comunión. La realidad inicial del hombre (Varón y Hembra) fue una vida de estrecha relación, comunión íntima, amistad entrañable hasta el punto de llegar a ser un solo ente, aunque respetando las diferentes personalidades. 
Así, la familia es ese lugar donde los nuevos seres humanos pueden desarrollar de una manera más efectiva sus propias realidades personales. No existe ningún sistema educativo capaz de superar en efectividad a los resultados obtenidos en la formación de seres humanos íntegros que dentro de una familia bien estructurada dentro del plan de Dios. Las emociones afectivas recibidas por un niño dentro de un seno familiar sano le ponen en condición de poder enriquecerse de todo lo positivo que tiene a su disposición, creciendo en una fortaleza emocional difícilmente obtenida por cualquier otro sistema. Las adecuadas figuras de un “padre” y una “madre” que cumplen con los papeles que les han sido encomendados hacen que los hijos crezcan libres de complejos y debilidades que les harían enfrentar las circunstancias de la vida en desventaja con otros. 
Las malas experiencias de familias deformadas por diferentes causas no pueden ser óbice para desechar la organización familiar, sino más bien para fortalecerla como elemento indispensable para el buen desarrollo, crecimiento y culminación de la vida del ser humano. 
Por eso debemos recordar a los innovadores de una estructura social tan básica e importante en la vida del ser humano que las consecuencias de la misma se han de manifestar de una forma inequívoca en aquellos que nos heredaran y de la misma manera que Dios trasmite desde su infinita gracia, vida y esperanza al hombre y lo hace a través de procesos tan naturales como la propia institución familiar, la ruptura de estos canales nos encamina hacía situaciones que manifiestan las características diametralmente opuestas, muerte y desesperación. 
Como cada año al llegar estas fechas hacemos balance sobre las obras que el Señor nos ha permitido hacer, y una vez más podemos decir ¡Gloria a Dios! Seguimos firmes en la lucha y nuestro ánimo es renovado constantemente al ver al Señor obrando en medio nuestro. 
La consolidación de las congregaciones existentes y la apertura de nuevos locales de culto nos hacen entender que estamos caminando en la dirección correcta. Hoy podemos hablar de una iglesia joven, pero con cierta madurez, donde los problemas personales se afrontan a la luz de la Palabra de Dios, no teniendo más temor que el de poder agradar al Señor con nuestras vidas y actividades. 
El equipo ministerial de la Iglesia se ha ido reforzando con la incorporación de nuevos hermanos a los que se les ha elevado al ministerio, contando en la actualidad con 57 pastores, 95 co-pastores, 405 diáconos y 284 diaconisas. Para Ministrar a un pueblo de más de 20.000 personas a lo largo de todo el mundo, de los que, solamente en España, contamos con una membresía de cerca de 3.000. 

Entre las actividades propias de la iglesia en España, caben destacar los más de veinte bodas celebradas, el centenar de niños presentados al Señor, el bautismo de más de 300 nuevos creyentes y la realización de más de 400 actos evangelísticos. 

La comunión con el resto de la Iglesia en España es cada vez más estrecha, tanto a través de la Fraternidad Evangélica F.E. y las Viglilias Unidas V.U.C., como en los diferentes Consejos Evangélicos Autonómicos, donde participamos siendo parte de las Juntas Permanentes de muchas de ellas, como en la misma FEREDE, donde este año se nos ha reconocido como Familia Denominacional, debido a la importancia que la Iglesia Cuerpo de Cristo va adquiriendo dentro de nuestro país. Pedimos a Dios que las plagas que aquejan al mundo no nos invadan y que la manifestación de la vida de Jesús siga siendo evidente entre nosotros. 

La consolidación de las congregaciones existentes y la apertura de nuevos locales de culto nos hacen entender que estamos caminando en la dirección correcta...



Sujetando la familia con cuerdas de amor, por Juan Miguel Díez Álvarez
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Dominar o domar a la mujer sujetándola, no significa tiranizarla despóticamente o abusar de poder con ella, (lo cual responde a una deformación marital que, por haber abundado en los siglos pasados, ha vacunado a las mujeres contra la sumisión a sus maridos en la actualidad) sino ser su señor. Dominar proviene del término latino dominus-domini, que significa señor, por lo que el marido ha de tomar señorío sobre su mujer con el fin de bendecirla, protegerla y amarla, hasta dar la vida por ella. 
De continuo observo que en la sociedad se dice: “Te presento a mi señora”, cuando la palabra señora sólo aparece en la Biblia para indicar el señorío de una mujer sobre sus criadas (Gn. 16:4), pero nunca sobre un hombre; dando así evidencia del matriarcado establecido como norma, pues no oigo a las esposas decir: “he aquí mi señor”, para referirse a sus maridos, como Sara dijo del suyo, Abraham, que es lo que corresponde según Dios. El señor de mi mujer soy yo y Cristo es mi Señor, aceptándolo ella con gozo y satisfacción, como yo acepto el señorío de Jesucristo. 
Sólo puede llamarse señor a quien ejerce la autoridad correctamente, cualidad que es un don divino, desarrollándose un señorío delegado por el Único que es Señor y Señor de señores: Jesucristo; quien gobierna sobre todo, lo visible e invisible. 
Gobernar bien no significa enseñorearse y tener potestad, poder y control sobre los gobernados; sino que la primera cualidad requerida por el Señor para ello es la humildad; que es hija del amor: “Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad,, mas entre vosotros no será así; sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mt. 20:25-28). 
La soberbia, el orgullo y la vanidad generan gobernantes dictatoriales, despóticos y crueles, que son instrumentos de los gobernadores de las tinieblas para robar, matar y destruir; y quienes en la familia producen el machismo; deformación autoritaria por la cual los varones tratan a sus esposas como si fueran criadas, y a sus hijos como a súbditos, creando una atmósfera irrespirable de esclavitud y opresión, que siempre termina en tragedia. 
El amor ágape, amor sacrificial que viene de Dios, es indispensable para el auténtico ejercicio de la autoridad; pues sólo amando podrá velarse responsablemente por las personas que el Señor ponga a nuestro cuidado; entre las cuales las de nuestra familia natural son las primeras. 
Sólo cuando respondemos a Jesús con un amor sobre todas las cosas, nos encarga la responsabilidad, el pastoreo, de sus ovejas.“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí señor, tu sabes que te amo. El le dijo: apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tu sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Jonás ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: ¿me amas? Y le respondió: Señor, tu lo sabes todo; tu sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Jn. 21:15-17). 
Pues, amando a Dios sobre todas las cosas, podremos amar al prójimo más que a nosotros mismos, ¡como Él nos amó a nosotros! Y daremos la vida por Él, como Él la dio por nosotros.

 

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